Las Barricadas en Mérida

Hace un par de días, Caracas Chronicles publicó el siguiente reportaje del amigo Reinaldo Chacón. El mismo ilustra una visión de las barricadas hasta entonces desconocida por muchos de quienes no las vivimos, o nos quedamos con la idea de la guarimba, del trancar por trancar, de la lucha sin dirección. Reinaldo nos cuenta cómo las barricadas en Mérida se han convertido en parte de la vida en comunidad, y de cómo estas residencias han desarrollado, en tiempo record, algo muy similar a un modelo que el chavismo lleva años intentando imponer sin éxito.

A continuación, una traducción del mismo al español.

-o-

Recientemente, decidí visitar las barricadas en la avenida Cardenal Quintero en Mérida, la ciudad a la que he llamado hogar por ocho años. Cuando decidí hacerlo, imaginé un par de calles trancadas, con algunos obstáculos para desviar a los carros y frenar a las motos. Pero cuando llegué allí, acompañado de dos amigos, veo que mi imaginación quedó muy corta.

En vez de eso, veo una maraña caótica de escombros, alambres, tubos, madera y muebles viejos, creando una especie de estructura, sosteniendo láminas metálicas de casi dos metros y un cuarto de altura con consignas en contra del gobierno pintarrajeadas sobre ellas.

Foto: Xavier Loquesea
Foto: Xavier Loquesea

La primera gran barricada disimula una serie de obstáculos separados cada veinte o treinta metros. Observas paradas de autobús arrancadas y puestas de lado para brindar algo de protección. Ves pilas de basura parcialmente quemada con nubes de moscas y gusanos arrastrándose sobre las mismas. Ves alambre de púas a lo ancho de la calle para detener a los motorizados, que incluso han tenido un efecto mortal. Ves troncos quemados, pilas de cascajos, una cabina telefónica parcialmente enterrada. Y ves gente cuidando la entrada a la barricada. Me pregunto si habrán perdido su capacidad olfativa por todo el gas lacrimógeno; el humo que despiden los desperdicios pudriéndose me asfixian.

Mirando nuestros pasos, teniendo cuidado de no pisar un miguelito olvidado la noche anterior – puntas afiladas tiradas en el pavimento para pinchar neumáticos que se acerquen – noto que muchos vecinos han tapiado las ventanas de los pisos inferiores. Las que por descuido no lo hicieron tienen los vidrios rotos.

Cada esquina se encuentra resguardada por jóvenes. El mayor no pasa de veinte años. Nos miran de arriba a abajo y decidimos hablar con ellos. Lucen nerviosos al principio, pero luego de una breve charla se mostraron más confiados y empezamos a hacer preguntas: “¿Por qué construyeron las barricadas, en primer lugar?”, “¿Por qué no llaman a las autoridades?”, “¿Con qué frecuencia han venido los colectivos?”, “¿Cuántos de ellos?”, “¿A qué hora?”, “¿Qué hacen cuando eso ocurre?”, “¿Dónde descansan?”, “¿Qué comen?”, “¿Hasta cuándo piensan ustedes permanecer aquí?”.

Nos dicen que motorizados armados se acercan todas las noches, entre la medianoche y el amanecer, en grupos de cinco a diez motos, con dos hombres en cada una, disparando perdigones y en ocasiones balas de plomo. Ellos dicen que no fue hasta que vieron a las fuerzas de seguridad protegiendo a estos motorizados, lanzando gases lacrimógenos dentro de las comunidades y rompiendo puertas y ventanas, que decidieron construir dichas barricadas.

Nos dicen que tratan de dormir durante el día, pero es difícil descansar cuando los colectivos pueden volver en cualquier momento. Es todo muy impredecible. Algunas veces aparecen cuatro veces al día, a veces pasan cinco días sin que haya rastro de ellos. No atacan en todas las zonas al mismo tiempo. Una vez fueron al El Campito cuatro días seguidos y después no aparecieron por cinco días. A lo largo de la última semana, los combates  durante el día se han vuelto más intensos, porque el gobierno está tratando de limpiar los bloqueos. Hasta ahora han logrado eliminar una en un área llamada Campo Claro.

La comunidad se encarga de la alimentación, lo que parece complacerlos. Los he visto desayunar sanguchitos y almorzar pasta con salsa de tomate. En El Rodeo, una señora que ayuda a organizar las barricadas nos dice que ella conforma un grupo de mujeres que entregan desayuno, almuerzo, cena y hasta una comida de madrugada. A veces la comunidad organiza un sancocho en la calle ¿Una cocina comunal sirviendo sopa en el núcleo de una zona anti-chavista? Escuchamos estas historias con un extraño tono chavistoide todo este tiempo.

Y dicen que permanecerán allí el tiempo que sea necesario.

Describen el bloqueo de las vías en términos meramente defensivos; las hacen para protegerse y repeler los colectivos de todas las maneras que puedan. Dicen que eso puede significar usar tirachiras, o bombas Molotov, o lanzando piedras. No dicen nada sobre armas, y sin embargo anoche, una mujer que aparentemente estaba tratando de deshacer una de las barricadas murió baleada en la avenida Los Próceres.

Nuestra caminata prosiguió por varias zonas residenciales de la clase media merideña, todas cerca del centro: El Campito, Los Sauzales, El Rodeo, Independencia, Monseñor Chacón, Avenida Las Américas. La vía principal que conecta a cada una de estas residencias se encuentra cerrada al tráfico. Vimos en total alrededor de cinco kilómetros de vía cerrada por las barricadas. Todas las comunidades se ven igual, en todas sientes la misma sensación de nerviosismo y ansiedad.

En la avenida Las Américas el silencio es abrumador. Imagínen una arteria vial de cuatro carriles normalmente bulliciosa que haya quedado muda. Escuchamos los pájaros, el crujir de los vidrios bajo nuestros pies, nuestras propias voces y nada más.

Las comunidades tras las barricadas están ocupadas organizándose a sí mismas, ajustando sus rutinas diarias a la situación. Algunas han establecido horarios para el uso del gas natural, algunas trancan el tránsito peatonal de noche. Permanecen alerta todo el tiempo y mantienen comunicación permanente. Cuando llegamos a El Campito, hablamos con el chamo encargado de la barricada. Casi la primera cosa que nos dice es “Bueno, desde que estaban en Cardenal Quintero, ya sabíamos que andaban por ahí y que vendrían para acá…”

Algunos nos dicen que casi todos en la comunidad está en favor de las barricadas y que toda la situación ha acercado a la comunidad. Hay excepciones, por supuesto. Los chamos relatan discusiones que han tenido con los vecinos que se oponen a las barricadas – algunos de ellos a favor del gobierno y otros en contra – discusiones que generalmente terminan con: “¿Quieren que levantemos las barricadas? Bien, pero si los colectivos vienen a destrozarte el carro, disparar a tus ventanas y a vandalizar los edificios, ¿A quién vas a llamar?, ¿A la policía? ¡Ellos vienen juntos!”

Además nos dicen que no todos los que están armando las barricadas son de esos sectores de clase media: Algunos vienen de las comunidades pobres, los barrios, donde no pueden manifestarse tan fácilmente debido a que algún vecino puede ser miembro de un colectivo. Para los jóvenes de oposición en el barrio, ayudar con la guarimba en una urbanización es la única forma de protestar de forma (relativamente) segura.

Hablando de guarimbas, los muchachos en el frente desprecian la palabra. No les gusta que los llamen guarimberos. Dicen que la guarimba es cuando la gente pone un bloqueo en la vía en el medio de la noche y se va, que solamente es molesto. Ellos ven las barricadas como una táctica defensiva y no las dejan desatendidas: Ellos muestran sus caras. En este punto fueron enfáticos, creo que porque ven a la guarimba como una actividad criminal que tiene poco en común con lo que ellos entienden que están haciendo: ejerciendo su derecho a la defensa.

Foto: Xavier Loquesea
Foto: Xavier Loquesea

Al final de nuestra caminata nos encontramos exhaustos, tanto física como psicológicamente. Y sólo fue un día. A lo sumo, somos turistas de barricadas. No puedo imaginar cómo es vivir esto por más de diez días, como lo han venido haciendo. Algunos de los hombres y mujeres tras el cuidado de las barricadas, están durmiendo sobre cartones y pasan sus días esperando.

Lo más extraño de todo esto es que éstas comunidades anti-chavistas se están organizando en algo que luce muy similar a… comunas. Se están organizados con varios líderes que toman decisiones, hacen trueques con otras comunidades, comparten su comida, sus medicinas. Los obreros reparan lo que pueden, los soldadores ayudan a mantener las defensas, los doctores atienden a los heridos, sin intercambio de dinero. Es el apogeo de la economía del trueque.

En Mérida, los residentes de esas comunidades no confían en los políticos; confían en ellos mismos. La gente nos dice que si Leopoldo López es liberado de prisión e intenta llamar a la disolución de las barricadas, ellos no piensan escuchar. Las quejas que los llevaron a todo este meollo siguen vigentes: Inflación, escasez, corrupción, inseguridad, destrucción del poder adquisitivo, censura mediática, etcétera.

“Estamos cansados de esto: Cada vez que intentamos protestar, el gobierno manda a los tupamaros”, “No tenemos por qué pedir permiso para ejercer nuestros derechos”, “La constitución nos permite ejercer el derecho a defendernos”. Escuchamos estas frases una y otra vez durante nuestro recorrido.

¿Les gusta la gestión de gobierno? Para nada. Pero si hay una cosa que entendí de esta caminata, es que en la mente de quienes las hicieron, esto no es una protesta. Si esas barricadas le molestan al gobierno, bien; pero no es para eso para lo que fueron construidas.

Son las respuesta a los ataques de los colectivos y la total falta de protección por parte del Estado. En sus mentes, ellos hacen lo que están haciendo porque sienten que no tienen otra alternativa. Se están protegiendo a sí mismos.

Fuente: Caracas Chronicles (en inglés).
Traducción: Reinaldo Chacón y Rubén Rojas.


2 thoughts on “Las Barricadas en Mérida

  1. Yo sigo insistiendo que el día que agarren varios motorizados al fin se van a dar cuenta que son cubanos con los que maduro a lo pilatos se va a lavar las manos y cuando los agarren muestrenlos a la prensa que los apoya. suerte es que les de mi dios.

Los comentarios están cerrados.